KARLA GUINEA

Esculpiendo mi espíritu

Nunca he hecho una escultura, ni con barro o madera, mucho menos con mármol; probablemente usé plastilina en mi infancia, aunque tengo una prima que le encanta hacer muñequitos con migajón y resistol blanco. Por otro lado, mi hija de 12 años tiene ya dos años tallando madera en la escuela; jamás imaginé que ella podría hacer unos pajaritos, una espada y creo que pronto hará una vasija. Esto es lo más cercano en mi vida al tema de la escultura.
 
Sin embargo, estudié una carrera relacionada con el arte, Diseño Gráfico. Sabemos bien que, del mismo modo que un diseñador, un escultor utiliza diferentes materiales y medios para expresar y crear; de un material sin forma y burdo va reduciéndolo y esculpiéndolo a la imagen que ha creado en su mente.
 
A través de la historia hemos observado como el ser humano ha tenido siempre la necesidad de esculpir, lo hemos visto hacerlo de diferentes materiales y de maneras, formas y figuras muy diversas.
 
Tenemos al famoso escultor Miguel Ángel, quien decía que para hacer una escultura simplemente se retira el mármol que no es necesario, el que está de más. Haciendo una analogía, de la misma manera, para esculpir nuestro espíritu debemos retirar todo aquello que ya no necesitamos, todo aquello que nos estorba para avanzar y llegar a nuestras metas.
 
Ciertamente, habremos que tomar en cuenta en primera instancia lo que es y significa nuestro espíritu: el espíritu es la energía vital, la fuerza de vida que actúa como mediador entre el alma y el cuerpo. Es lógico pensar que el alma y el espíritu son lo mismo, pero son dos entidades muy distintas. El alma es el Yo Superior, él que desciende al cuerpo físico y trae nuestra misión; por otro lado, el espíritu es el medio por el cual nos conectamos con el Creador y otras entidades de Luz.
 
 
Regresando al arte, sabemos que el objetivo principal de cualquier tipo de expresión artística es exponer el sentido de la vida y el entendimiento de la existencia humana. Al mismo tiempo, el arte en cualquier forma de expresión se apodera del mundo para comunicarse con la Percepción Divina, como decía Miguel Ángel.
 
Continuando con nuestra analogía, cada uno de nosotros creamos con la mente, modelamos nuestra vida con emociones, pensamientos, sentimientos y acciones; esto podría ser comparado con un cincel energético. Cuando observamos obras de arte, como las esculturas, nos quedamos maravillados por su gran belleza. Pero, ¿cuántos de nosotros nos vemos a nosotros mismos de la misma manera? Para empezar, siempre criticamos y juzgamos nuestro cuerpo. Con la moda de las selfies nos tomamos una foto y nos reprobamos: “que feo/a estoy”, “mira mis ojeras”, “estoy fachoso/a”, “no te fijes mucho en mi foto”, entre otros muchos comentarios o pensamientos negativos.
 
Miguel Ángel decía especialmente sobre la vejez que las personas enamoradas de Dios no envejecían. ¿Qué significa esto? Yo lo interpreto de la siguiente manera: si hay Luz en nuestro interior y además la proyecto, jamás envejeceré; solo mi cuerpo físico cumplirá con su ciclo, pero mi alma será radiante.
 
Debemos descubrir y poner en libertad nuestra esencia, tallando y esculpiendo. Conectemos con todo aquello que debemos retirar de nuestra mente, la cual es la principal productora de escombros y basura. Dentro de cada uno de nosotros hay un Ángel que quiere ser liberado y desea conectar con la Luz del Creador.
kguinea
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Karla Guinea es guía de conciencia y transformación. Acompaña a personas que sienten que están viviendo un despertar y necesitan entender qué hay detrás de lo que les pasa: los patrones que se repiten, las emociones que insisten, las señales que no saben leer.

Su trabajo parte de una idea simple y poderosa: nada de lo que vives es casualidad. A través de la Kabbalah, el lenguaje simbólico, los números y el lenguaje del cuerpo, ayuda a descifrar el sentido profundo de cada experiencia y a convertir el caos en claridad, el sufrimiento en conciencia y la confusión en propósito.

No ofrece respuestas prefabricadas ni espiritualidad de adorno. Ofrece comprensión real, aterrizada y humana, para que cada quien aprenda a leer el lenguaje de su propia vida.

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