
Por allá cuando era una adolescente, lidié con una marea de acné que no veía su fin. Si has pasado por algo similar, seguro me entiendes. El asunto llegó a tal punto que, aunque me enteré hace poco, tenía hasta un apodo en la prepa relacionado con eso.
En mi búsqueda de una piel lisa y libre de imperfecciones, visité cuanta clínica especializada encontraba, fui con dermatólogas, me hice limpiezas, probé cremas y un sinfín de potingues, pero el acné parecía tener un pacto con mi piel. No fue hasta que cumplí mis 40’s cuando conocí a una dermatóloga distinta a todas las demás. Me mandó hacer análisis de sangre, examinó mi piel y me soltó una verdad como un puñetazo: “Karla, tu alimentación tiene que cambiar. Esto generalmente viene de adentro, no de afuera, así que tenemos que atacarlo desde lo que consumes”.
Y así, después de cambiar mi dieta y trabajar con mis emociones escondidas, mi acné desapareció por completo.
Esa recomendación implicaba eliminar el gluten de mi dieta. Cuando entendí lo que eso significaba, me rehusé rotundamente a hacerlo, seguí con mis cremas y algunas vitaminas que ella me había sugerido, especialmente una que al parecer calmaba el estrés.
Pasaron algunos meses y ella seguía insistiendo. Entonces, me recomendó leer el libro “Cerebro de Pan”. Decidí darle una oportunidad y, conforme avanzaba en la lectura, me golpeó la importancia y el daño que mi alimentación podía estar causando a mi piel y a muchas otras cosas. Así que, me armé de valor y decidí probar unos meses, siguiendo al pie de la letra sus indicaciones.
Tres meses después, mi rostro era otro. Claro, de vez en cuando salía un granito si estaba muy estresada, pero en general, me sentía mucho mejor. Ahora tenía la responsabilidad de vigilar cuidadosamente todo lo que comía y lo que me ponía en la piel, porque ¿sabías que hasta las cremas y desodorantes pueden contener gluten? Tuve que aprender a leer etiquetas antes de comprar cualquier cosa y a anunciar mi intolerancia al gluten en los restaurantes, para evitar la famosa contaminación cruzada.
Pero no me quedé solo con los cambios en mi dieta, también empecé a investigar qué emociones estaban relacionadas tanto con el acné como con el gluten. Me puse a trabajar con ellas, eliminé creencias y programaciones, medité mucho y solicité la sanación a los Médicos Ascendidos.
Por eso, estoy convencida de que la clave para eliminar mi acné fue cambiar mi alimentación y trabajar con mis emociones escondidas. A lo largo de los años, he visto que siempre hay una emoción oculta o atrapada detrás de los síntomas y enfermedades, no solo en mí, sino en muchas personas.
Soy Karla Guinea, terapeuta holística y coach de vida, y me dedico a ayudar a las personas a sanar el cuerpo físico, emocional, mental y espiritual a través de la canalización de Maestros y Médicos Ascendidos.


